Psicología de la personalidad

Mis pequeños instantes de soledad, un regalo y un placer


Regalarse pequeños instantes de soledad a lo largo del día es sinónimo de salud. Ahora bien, en un mundo tan hiperconectado como el nuestro, tan lleno de estímulos, obligaciones, horarios que cumplir y objetivos que alcanzar, parece casi imposible darnos un respiro, cobijarnos en el refugio del silencio, reencontrarnos con nosotros mismos desnudos de todo lo demás.

A la mayoría sin duda le cuesta tener un instante para sí mismo en medio del horario laboral y personal. A otros, en cambio, lo que les cuesta es enfrentarse a la propia individualidad. Como dijo Borges en una ocasión “estoy solo y no hay nadie ante el espejo”. Porque la soledad, en mayúsculas resulta temible y abismal. Por ello, en ocasiones, hay quien teme incluso pasar un instante en soledad porque ello es poco más que una confrontación, es verse a cara a cara con el propio ser; es autoconocerse y escucharse.

Como bien decía Paracelso, hay cosas en la vida que siempre serán mejores en pequeñas dosis. El veneno, a veces, tomado en una cantidad mínima actúa como antídoto. Con la soledad ocurre lo mismo: si nos regalamos algún instante a lo largo del día fortaleceremos nuestra identidad y ese tendón psicológico que garantiza buena parte de nuestro bienestar y felicidad.

“Hay momentos en que toda la ansiedad y el esfuerzo acumulados se sosiegan en la infinita indolencia y reposo de la naturaleza”

– Henry David Thoreau-

1. Buscar instantes de soledad de vez en cuando no nos convierte en seres asociales 

Decía el filósofo Henry David Thoreau que en su casa tenía tres sillas; una para la soledad, otra para la amistad, y una tercera para la sociedad. Pocas metáforas recogen también esa imagen donde armonizar todas esas dimensiones que nos hacen humanos, seres sociales y a la vez entidades dotadas de individualidad donde conectar de vez en cuando con uno mismo, con la soledad.

Hacerlo no nos convierte en criaturas asociales, en seres que ansíen renegar de sus entornos, y responsabilidades. Los instantes de soledad elegida, en realidad, nos ayudan a regresar más tarde al rumor de nuestro mundo con mayor energía, motivación y entereza. 

chica que disfruta de sus instantes de soledad

2. La soledad ayuda al cerebro a “reiniciarse”

Basta una o dos horas al día de conexión con nosotros mismos en soledad, para que el cerebro haga un “reset”. Pensemos por ejemplo que a lo largo del día este órgano está en constante estado de alerta. Procesa una gran cantidad de información, anticipa riesgos, planifica, resuelve, anticipa y se impregna de una gran cantidad de emociones que poco a poco, ralentizan sus funciones y potencial.

Los instantes de soledad necesitan (de vez en cuando) el abrazo del silencio. En un mundo de ruido, el cerebro ansía sumergirse en un estado de calma donde apagar la hipervigilancia, la hiperpreocupación, y esa hiperconexión a un entorno demasiado lleno de estímulos.

Darnos un respiro, “desconectar” para “conectar” con uno mismo, le permite bajar el ritmo. Le ayuda a reducir el nivel de cortisol, favorecer la producción de endorfinas y serotonina, siempre y cuando, eso sí, seamos capaces de disfrutar de esos instantes de soledad elegida.

3. El silencio también es un placer (y una “píldora” de salud)

Florence Nightingale, la célebre enfermera y activista social británica del siglo XIX, escribió una vez que “el ruido innecesario es un dolor que infligimos también a los enfermos”. Los sonidos eran también motivo de alarma para los pacientes y un factor que impedía también su recuperación.

La contaminación acústica, lo creamos o no, genera un elevado malestar y tiene un gran impacto en nuestra salud física y psicológica. Aumenta la hipertensión arterial, genera problemas auditivos e insomnio. Es más, los ruidos fuertes e incluso el constante sonido del tráfico estimula la hiperactividad de nuestra amígdala, favoreciendo así que se libere cortisol en sangre, induciéndonos así sensación de amenaza, alerta y malestar.

Por tanto, a la hora de disfrutar de nuestros instantes de soledad, no olvidemos también envolvernos de un halo de silencio.

4. Los pequeños instantes de soledad a lo largo del día nos ayudarán a ser más productivos

Si estableciésemos a lo largo del día pequeños instantes de soledad, ganaríamos en motivación, buen humor y productividad. Esos reencuentros con nosotros mismos son como ejercicios de liberación, instantes catárticos donde oxigenar pensamientos, depurar emociones, equilibrar los ánimos, centrar la atención y conectar con uno mismo para recordar valores, necesidades, valías…

5. Instantes de soledad para descubrirte, para atenderte emocionalmente

La soledad puntual, esos instantes de introspección donde dejar entornada la puerta del mundo y su rumor para introducirnos poco a poco, en el laberinto del propio ser, es un necesario ejercicio de autodescubrimiento.

Nos da la oportunidad de escuchar la propia voz. Encontramos un espacio donde poder pensar, reordenar ideas, aclarar prioridades. Esos momentos con uno mismo nos permite a su vez, reafirmar compromisos y recordar dónde estamos para calibrar a dónde queremos llegar. Es en esos espacios de intimidad donde nos damos cuenta de qué o quién sobra.

Pocos escenarios son más idóneos que esos donde al tener una cita con uno mismo, recordamos lo que merecemos. Solo así resolvemos mejor los problemas, siempre en sintonía con la autoestima. Solo así somos conscientes de qué o quién es verdaderamente importante para nosotros…

Pensemos en ello, seamos capaces de regalarnos a lo largo del día esos instantes preciados que garantizarán buena parte de nuestro bienestar.

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Bibliografía

Salmon, P., & Matarese, S. (2014). Meditación de atención plena: buscando la soledad en comunidad. En el Manual de la soledad (pp. 335–350). https://doi.org/1352458509359923 [pii] r10.1177 / 1352458509359923

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